
Cuando se escriba la historia del siglo XXI, es casi seguro que los años 2010-2012 aparecerán
como una línea divisoria. En los dos procesos intergubernamentales entre este año y 2012 (la
Conferencia Río+20 sobre Desarrollo Sostenible y las negociaciones de la Conferencia de las Partes
en la CMNUCC) los gobiernos del mundo decidirán su respuesta a los retos interconectados del
desarrollo sostenible y el cambio climático. En este período crucial, la humanidad
tomará, o no tomará, decisiones que determinarán nuestro destino común.
Pensemos en cómo podrían juzgarnos los futuros historiadores.
Nuestra situación actual
Según las pruebas que tenemos actualmente y que están ampliamente
disponibles, los historiadores podrían llegar razonablemente a la siguiente conclusión. En
2010 los seres humanos sabían que:
- Nuestras actividades económicas y nuestros estilos de vida habían desencadenado cambios
trascendentales en los ecosistemas y los procesos atmosféricos mundiales. Estos cambios estaban
perfectamente documentados, habían conducido a importantes compromisos internacionales en 1992 y
2002 y eran cuidadosamente supervisados. Si bien existían ciertas incertidumbres científicas,
se consideraba que muchos de estos cambios podrían ser irreversibles y tener impactos
catastróficos. La extinción de numerosas especies y el deshielo de los glaciares eran claros
indicadores de los profundos cambios que ya se estaban produciendo.
- Nuestra civilización, incluidos nuestros diversos sistemas políticos, sociales y
económicos, estaban enteramente levantados sobre los cimientos de unos ecosistemas naturales en
perfecto funcionamiento, y dependían de ellos. Sin embargo, estaba claro que el consumo excesivo de
recursos naturales renovables y no renovables y la ilimitada producción de residuos estaban minando
los cimientos del futuro bienestar del ser humano y el medio ambiente. El problema del cambio
climático ponía especialmente de relieve el dilema. Nuestro sistema económico mundial
de 60 billones de USD estaba basado mayormente en suministros finitos de combustibles fósiles. Sin
embargo, para evitar el peligroso cambio climático (requisito fundamental para el desarrollo
sostenible) era necesario reducir considerablemente las emisiones de carbono en cuestión de
décadas.
- No había ninguna causa universalmente reconocida que por sí sola hubiese desencadenado el
proceso destructivo. Algunos culpaban a los «fallos del mercado», en el sentido de que el
verdadero valor de los activos y los servicios de la naturaleza no estaban debidamente reflejados en su
precio, lo cual generaba tendencias insostenibles de producción y consumo. Otros culparon a los
fallos de gobernanza o de ética, incluidos los derechos adquiridos de las empresas que
influían en la toma de decisiones en aras de su propio enriquecimiento económico a corto
plazo. Independientemente de las diferencias, se sabía que casi siete mil millones de personas (y en
breve nueve) iban a verse adversamente afectadas.
- La escala y la rapidez de los cambios en curso creó enormes problemas políticos y de
comunicaciones a los líderes políticos y del sector privado. Las respuestas (política,
institucional y económica) no eran proporcionales a la magnitud de los problemas. Cada vez
había un mayor convencimiento de que al abordar las presiones económicas a corto plazo se
había omitido informar sobre lo destructivo que podía ser el cambio, y sobre cómo la
transición a una economía ecológica con un uso sostenible de los recursos ya no era
una opción sino una necesidad imperiosa. As su vez, esta «omisión» alentó
la tendencia a pensar a corto plazo y condujo a reacciones entre las que se incluía el rechazo, la
impotencia e incluso la resignación.
¿Y nuestra respuesta?
Aunque todavía no se sabe qué decisiones se tomarán de aquí
a 2012, resulta desafiante pensar en lo que los historiadores podrían identificar como algunas de
las respuestas opcionales que se adoptaron o podrían haberse adoptado a tiempo para alinear el
bienestar del ser humano con el de los ecosistemas.
Establecimiento de prioridades
Bajo el liderazgo de los gobiernes, todos los sectores de la sociedad dieron prioridad al cambio
climático y a la sostenibilidad. Por fin se reconoció que los cambios en los sistemas
naturales de la Tierra «cambiaban las reglas del juego» y de nada servía hacerles frente
con las políticas y las instituciones habituales.
Al reconocer la magnitud sin precedente de los nuevos retos y colocarlos en el núcleo de la
estrategia de los gobiernos, resultó más fácil encontrar las políticas, los
recursos y las sinergias que hacían falta para actuar con firmeza. Aunque se considerara excesivo
dedicar partidas de los presupuestos nacionales por encima de, por ejemplo, la militar, se aceptó
que era una inversión en seguridad de una naturaleza aún más fundamental.
También contribuyó al crecimiento sostenible y a evitar el aumento progresivo de los costes
de adaptación.
Integración
Se procedió a integrar las respuestas políticas. Se reconoció que no era posible dar
una respuesta eficaz al cambio climático sin una respuesta igual de eficaz al desarrollo
insostenible. No tenía sentido, por ejemplo, dedicarse a un desarrollo massivo
de energías renovables si eso conducía a niveles aún más altos de consumo
y dispendio de recursos y de generación de residuos. Sin embargo, una respuesta eficaz al cambio
climático, incluida una revolución energética ecológica, contribuiría
enormemente al desarrollo sostenible.
Los planteamientos de las políticas fueron juzgados en función de su eficacia para mejorar de
manera perceptible la huella neta de la sostenibilidad. No se excluyó ningún enfoque, y hubo
respuestas de todo tipo, desde enfoques voluntarios a prohibiciones de productos o su retirada progresiva y
la nacionalización de sectores. Se prestó especial atención a asegurar que el comercio
mundial y las políticas de inversión favorecieran y fueran coherentes con los objetivos
en materia de cambio climático y de sostenibilidad.
Armonización
Se reconocieron las limitaciones de un sistema económico basado en el libre mercado y se hicieron
los ajustes pertinentes. Se consideró que era crucial aprovechar al máximo el potencial de la
libre empresa con el fin de desarrollar nuevas tecnologías, ayudar a moldear el comportamiento
de los consumidores y los inversores, y crear nuevos modelos empresariales. Al mismo tiempo, la libre
empresa no significaba ser libre de hacer cualquier cosa. El sector privado era la nueva línea de
defensa, pero para conservar su libertad de actuación tenía que demostrar que tenía en
cuenta el bienestar de la sociedad.
Las recientes crisis financieras habían expuesto la enorme escala de los riesgos de los mercados
insuficientemente regulados, y habían planteado cuestiones más profundas sobre su
contribución neta al bienestar del ser humano y del medio ambiente. El sector privado lideró
el cambio computando y reportando su contribución a la protección del clima y el desarrollo
sostenible y presentado los informes pertinentes. Las autoridades reguladoras ofrecieron incentivos y
alentaron las reformas, como la integración de informes financieros y no financieros que
proporcionaron la transparencia que faltaba en la contribución del sector privado a la
sostenibilidad.
Balance
Los mecanismos de las políticas favorecían constantemente la obtención de beneficios a
largo plazo. Mientras que los retos a corto plazo, como evitar una recesión vertiginosa, crear
puestos de trabajo y salvar a instituciones financieras, se consideraban importantes, las estrategias
de respuesta buscaban beneficiar a todas las partes incentivando aquellas actividades que pudieran
conducir las actividades que pudieran conducir a un menor consumo de energía y materiales, al mismo
tiempo que expandían enormemente las inversiones en educación, salud y otros cimientos de la
prosperidad futura.
Las regiones del mundo más pobres, las de mayor crecimiento y las más necesitadas se
convirtieron en los primeros en adoptar esas estrategias. Una Conferencia de la ONU celebrada en 2012
sentó las bases de un impulso mundial decisivo hacia el desarrollo ecológico y equitativo,
alcanzando compromisos relacionados con el cambio climático en un contexto que aceleró la
reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero a través de una combinación
de políticas que favorecieron la transparencia de los niveles de emisiones y la rápida
adopción de tecnologías basadas en el rendimiento energético y en energías no
contaminantes. De esta manera se inició una revolución industrial que mejoró la
capacidad de recuperación ante los cambios que se estaban produciendo consiguiendo que los mercados
trabajaran a favor de la sostenibilidad en lugar de en contra.
Instituciones
Se desarrollaron activamente nuevos mecanismos para facilitar la toma de decisiones. Reconociendo que las
respuestas a los problemas del siglo XXI no se producían con la suficiente rapidez o
eficiencia, se adoptaron planteamientos innovadores que sustituyeron a agrupaciones y procesos
diplomáticos que en muchos casos eran inflexibles y anticuados.
Se pusieron en marcha iniciativas multilaterales a nivel local, nacional e internacional que dieron lugar a
respuestas creativas basadas en las mejoras prácticas. Profesionales con experiencia, incluidos
expertos financieros, sociólogos y expertos en comunicaciones aportaron sus conocimientos en
matería de gestión de los cambios. Los gobiernos y las instituciones internacionales
promovieron, respaldaron y se sirvieron activamente de estas iniciativas.
Conclusión
Sin duda los anales de la historia mostrarán que en un momento de crisis inminente aprovechamos los
conocimientos, las tecnologías y la financiación a nuestra disposición para reaccionar
ante los retos a los que nos enfrentábamos. Es posible que los historiadores también lleguen
a la conclusión de que la decisión más importante que hubo que tomar entre 2010 y 2012
fue si responder o no de manera proporcional a la magnitud de los problemas. Esa parte de la historia
aún está por escribirse y será la manera cómo lo hagamos la
que determinará nuestro futuro y vindicará nuestro calificativo de «homo
sapiens».
Paul Hohnen, ex diplomático australiano, profesor asociado de Chatham House y asesor
independiente sobre desarrollo sostenible. Para obtener más información, consulte
www.hohnen.net.